domingo, 18 de marzo de 2012

CARTA DE LA SEMANA CON INFANDICIO./ PREFIERO QUE NO LO HAGAN.

TÍTULO: CARTA DE LA SEMANA CON INFANDICIO.

La revista Journal of Medical Ethics publicaba hace poco un artículo en el que se defendía sin ambages el infanticidio. Sostenían los firmantes del artículo que «si después del nacimiento del niño se detectase alguna enfermedad no identificada durante la gestación, si algo va mal durante el parto o si alguna circunstancia económica, social o psicológica cambiase y la crianza de ese niño supusiese una carga inaguantable, los padres deberían tener la opción de no verse forzados a hacerse cargo del niño». El razonamiento que los autores del artículo emplean para justificar el infanticidio es, desde luego, irreprochablemente lógico, como lo es siempre la lógica del mal; y vuelve a demostrarnos que, una vez que se libera un demonio, resulta imposible volver a encerrarlo, o pretender restringir su libertad aberrante: afirman los autores del artículo que «un feto y un recién nacido son dos seres moralmente equivalentes»; y, una vez sentada esta premisa, sostienen que las mismas razones que amparan el aborto sirven también para el infanticidio. Y, desde la lógica del mal, no les falta razón.

En efecto, si a un feto no le reconocemos el estatuto de persona, resulta arbitrario (como hace, por ejemplo, nuestro ordenamiento civil) reconocérselo a un niño que lleve separado del claustro materno veinticuatro horas (o veinticuatro minutos, o veinticuatro días, o incluso veinticuatro meses). Si por `persona´ entendemos a un ser humano con plena disposición de sus facultades motoras, sensoriales e intelectivas, en efecto un feto y un niño recién nacido son «moralmente equivalentes»: ninguno de los dos tiene conciencia de su existencia, ninguno de los dos puede sobrevivir sin ayuda, ninguno de los dos está plenamente formado, desde un punto de vista estrictamente morfológico. Siempre nos ha parecido un criterio ilógico declarar legal un aborto perpetrado hasta tal o cual semana de gestación e ilegal el aborto que se perpetra con posterioridad: un feto de un mes no es más ni menos persona que un feto de siete meses; y tampoco lo es más ni menos que un niño de uno o siete meses. No lo es, desde luego, si aplicamos el razonamiento estrictamente lógico (pero de una lógica del mal) que emplea la revista Journal of Medical Ethics. Pero tampoco lo es desde el reconocimiento de su dignidad moral intrínseca, que no puede fundarse en el mayor o menor grado de desarrollo orgánico, sino en su pertenencia a nuestra especie; y el hecho de que sea una vida gestante (esto es, desvalida, incapaz de sobrevivir fuera del claustro materno) no hace sino exigirnos una protección privilegiada de su dignidad, como nos la exige cualquier otro ser humano que demande ayuda para seguir viviendo, sea un niño recién nacido, un minusválido o un anciano.

En una de sus paradojas más brillantes y estremecedoras, Chesterton saludaba a los infanticidas como `pioneros progresistas´ capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias los postulados que otros progresistas más remilgados defienden con expresiones sibilinas. Para hacer su defensa paradójica del infanticida (para poner a la sociedad abortista ante el espejo de sus crímenes), Chesterton se mostraba dispuesto -en términos especulativos- a despojarse de los «remilgos morales» que defienden la vida. «Si lo que la cristiandad ha considerado moral no tiene sentido -afirma-, entonces deberíamos sentirnos libres de ignorar toda diferencia entre los hombres y los animales, y consecuentemente tratar a los hombres como animales». Nadie aplicaría un aborto a una gata o a una coneja: se deja, simplemente, que alumbre a su prole; y, si la prole es demasiado numerosa, o si incluye ejemplares enfermos, se los ahoga en una palangana y santas pascuas. «¿Por qué no hacer con los bebés lo mismo que con los gatos?», se pregunta Chesterton. Permitamos que lleguen al mundo, para después ahogar a los que no nos gustan. «Tal comportamiento -prosigue Chesterton- sería propia y razonablemente eugenésico, porque podríamos seleccionar a los mejores, o al menos a los más saludables, y sacrificar a aquellos a quienes se llama inadaptados». El infanticida es, en efecto, más `lógico´ que el mero abortista; y también, en cierto modo, más bizarro: es verdad que un niño recién nacido no puede defenderse, como le ocurre al niño gestante, pero para estrangularlo hay que cogerlo entre nuestras manos, hay que mirar su rostro, hay que sentir la temperatura de su piel.

Frente a estos pioneros progresistas que defienden el infanticidio nos ocurre como a Chesterton: nuestros abortistas se nos antojan débiles, indecisos y cobardes.

TÍTULO: PREFIERON QUE NO LO HAGAN:

Sí, lo sé. Mañana se cumple el bicentenario de la Constitución de Cádiz, y podría ocuparme de eso. Dedicar esta página pecadora a la bonita efemérides del 19 de marzo de 1812. Pero no me apetece nada. Primero, porque a estas alturas del telediario estarán ustedes hasta arriba de artículos de prensa y reportajes mencionando el asunto. Empachados de doceañismo hasta la glotis. Segundo, porque hace un par de años escribí una novela gorda contando aquello, o intentándolo. O sea, que ya hice mi parte. Y en tercer lugar, porque si hoy hablase de la Pepa, también tendría que hablar de quienes se la cargaron en pocos días: los políticos visionarios, meapilas o incompetentes, los curas fanáticos, los animales con sable, los reyes infames y los súbditos analfabetos que, entonces como ahora, aplauden constituciones y gritan vivan las caenas al día siguiente, según sople, con esa habilidad asombrosa que tenemos los españoles para triturar cartas magnas, monarquías, repúblicas, democracias y lo que nos pongan a tiro. Lo que nunca nos cargamos son las tiranías, de la clase que sean. Qué curioso. Ésas son de duralex. Irrompibles. Aquí, los dictadores, los reyes felones y los hijos de puta suelen durar más que el resto, y palman tranquilamente en la cama. O jubilados con sueldo oficial.

Así que, como unas cosas suelen llevar a otras, voy a hablarles de algo que no tiene que ver directamente con la Pepa, pero en el fondo sí tiene que ver. O eso creo. Y disculpen si arranco de una circunstancia personal. De vez en cuando, los responsables de alguna biblioteca o centro escolar, gente bien intencionada que tiene la amabilidad de leer con indulgencia mis novelas o mis teclazos dominicales, me hace el honor de proponer mi nombre para bautizar el asunto. Biblioteca Tal, colegio Cual. Suena desmesurado, lo sé. Pero soy inocente. Hasta hay quien, en arrebato de fervor inmerecido por mi parte, propone mi nombre para una calle. Un par de ellas ya me han sido adjudicadas a traición, y precisamente estos días circula una iniciativa semejante por Cartagena; que, pese a la generosidad de mis paisanos, confío en que la descarte el sentido común. Sobre todo, para no obligarme a cumplir una vieja promesa: si ponen mi nombre a una calle en mi ciudad, es probable que acuda con un spray grafitero a tacharlo, en plan Banksy. Quedaría ingrato. Y feo, si me pilla un guardia.

No se trata de modestia, y a eso voy. Se trata sólo de prudencia. Uno es lobo viejo, con algún colmillo flojo y el rabo pelado. Y esto es España, o sea. El sitio del que hablaba en el primer párrafo. El de la Pepa. Aquí tu nombre en una calle, salvo raras excepciones, sólo sirve para dos cosas: para que la peña te tenga más ganas, o te las tenga si no te las tenía, y para que, a la menor oportunidad, lo cambien por otro nombre. Te pongan al día por el artículo catorce. En menos de un siglo, una calle española puede llamarse sucesivamente calle Real, de la Constitución, de la Restauración, de la República, del general Fulano, de la Libertad, del General Mengano, del payaso Fofó, de la Madre Que Nos Parió... Esto es España, insisto. Y eso de los nombres volátiles vale para calles, colegios, bibliotecas y lo que ustedes quieran poner en una placa. Aliñado, naturalmente, con la estupidez y la mala leche propias de este putiferio. Por poner un ejemplo reciente y calentito, ahí está, sin ir más lejos que a Basauri, el noble empeño de un par de consejos escolares de allí, decididos -supongo que por estas fechas estará hecho, o a punto de nieve-, con el no menos digno apoyo del alcalde local, vasquísimamente apellidado Busquet, a rebautizar como Bizkotxalde y Soloarte dos colegios públicos llamados Lope de Vega y Velázquez: esos dos conspicuos franquistas.

Así que yo de ustedes me andaría con tiento cuando les propongan homenajes, porque las placas de las calles las carga el diablo. Y permítanme un consejo práctico. Cuando sus vecinos, amigos o clientes vayan, con ingenua buena fe, a proponer su nombre para algo, digan lo de aquel personaje de Melville, el escribiente Bartleby: prefería no hacerlo. O que no lo hagan. Porfa. Nunca sabe uno lo que puede durar. Lo que tardarán los queridos paisanos, que con tan sincero fervor le dedican a uno la calle, el colegio o la biblioteca, en cambiar de opinión, quitar la placa, poner otro nombre y arrastrar al antiguo titular, simbólica o físicamente, camino de la farola más próxima, el exilio, la cárcel o el paredón. Si creen que exagero, hagan memoria. La historia de los nombres de calles arrancados es la historia de España, desde Istolacio, Indortes y Orisón -que igual también tuvieron calle- hasta hace medio minuto. Nuestra puerca historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario